DEMÓCRITO DE ABDERA
Éste parece ser el lugar adecuado para decir algunas cosas de las teorías
epistemológicas y éticas de Demócrito de Abdera. Fue Demócrito un discípulo de
Leucipo y, lo mismo que su maestro, pertenece a la escuela atomista; pero su especial
interés para nosotros estriba en la atención que prestó al problema del conocimiento
planteado por Protágoras y al problema de la conducta, que las doctrinas
relativísticas de los sofistas habían agudizado. Platón no menciona nunca a
Demócrito, que es, en cambio, citado con frecuencia por Aristóteles. Dirigió una
escuela en Abdera, y vivía aún cuando Platón fundó la Academia. Los relatos de sus
viajes a Egipto y a Atenas no pueden aceptarse con certidumbre1. Escribió mucho,
pero sus obras no se han conservado.
1. Demócrito daba una explicación mecanicista de las sensaciones. Había hablado
Empédocles de «efluvios» que salen de los objetos y llegan, por ejemplo, a los ojos. Los
atomistas dicen que esos efluvios son átomos, imágenes pequeñísimas (δείκελα,
εἴδωλα) que los objetos emiten sin cesar. Estas diminutas imágenes entran por los
órganos de los sentidos, que no son más que unos caminos (πόροι), y chocan contra el
alma, compuesta ella también de átomos. Al atravesar el aire, las imágenes se
deforman; por eso, los objetos muy lejanos no se perciben bien. Las diferencias de
color eran explicadas por la lisura o rugosidad de las imágenes, y la audición se
explicaba de un modo parecido: la corriente de átomos producida por el cuerpo
resonante provocaría un movimiento en el aire situado entre dicho cuerpo y el oído.
Similares venían a ser las explicaciones sobre el gusto, el olfato y el tacto. (Negábase,
por consiguiente, que las cualidades secundarias fuesen objetivas.) Mediante tales
εἴδωλαes como se conoce también a los dioses; pero éstos son, según Demócrito, seres
superiores, mortales, aunque viven más tiempo que los hombres: son δύσφθαρτα,
pero no ἅφθαρτα. Por supuesto, en el sistema atomista no encajaría la noción estricta
de Dios, pues sólo admite la existencia de los átomos y del vacío2.
Ahora bien, Protágoras el sofista, paisano de Demócrito, afirmaba que todas las
sensaciones son igualmente verdaderas para el sujeto senciente: así, un objeto puede
ser verdaderamente dulce para X y verdaderamente amargo para Y. En cambio,
Demócrito sostenía que todas las sensaciones de los sentidos particulares son falsas,
porque fuera del sujeto no hay nada real que corresponda a ellas. «Νόμφhay lo dulce,
νόμφlo amargo; νόμφhay lo caliente y νόμφlo frío; νόμφel color… Pero ἐτεῆhay los
átomos y el vacío.»3 En otras palabras: nuestras sensaciones son puramente
subjetivas, aunque son causadas por algo externo y objetivo —los átomos— que, sin
embargo, no puede ser percibido por los sentidos particulares. «Por los sentidos no
conocemos en verdad nada seguro, sino sólo algo que cambia según la disposición del
cuerpo y de las cosas que entran en él o con las que él choca.»4 Consiguientemente, los
sentidos particulares no nos proporcionan ninguna información sobre la realidad. Las
cualidades secundarias, [propias o específicas], por lo menos, no son objetivas. «Hay
dos formas de conocimiento (γνώμη): la legítima (γνησίη) y la bastarda (σκοτίη). A la
bastarda pertenecen todas estas cosas: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. La
legítima está enteramente aparte de estas cosas.»5 Mas, como el alma se compone de
átomos y como todo conocimiento lo causa el contacto inmediato del sujeto con los
átomos que le vienen del exterior, es evidente que el conocimiento «legítimo» se da en
el mismo plano que el «bastardo», o sea, que entre la inteligencia y la sensación no
hay diferencia específica, sino sólo de grado. Demócrito vio esto, y comentó: «¡Pobre
Inteligencia, de nosotros [es decir, de los sentidos] es de quienes has recibido las
pruebas para desacreditamos! ¡Tu victoria es tu fracaso!»6
2. La ética de Demócrito, en la medida en que podemos juzgarla por los fragmentos
conservados, no está científicamente conexa con su atomismo. Domina en ella la idea
de la felicidad o εὐδαιμονίη, que consiste en εὐθυμίηo εὐεστώ [= «buen ánimo» o
«buena situación»]. Demócrito escribió un tratado sobre la felicidad (Περί εὐθυμίης),
que fue utilizado por Séneca y por Plutarco. Consideraba que la finalidad de la
conducta humana ha de ser lograr la dicha, y que ésta la determinan los placeres y el
dolor; pero «la felicidad no reside en la posesión de ganados o de oro: el alma es el
lugar en que mora el “daimón”»7. «Lo mejor para el hombre es pasar la vida con el
mayor gozo y con la menor tribulación posible.»8 Pero, así como el conocimiento que
proporcionan los sentidos no es verdadero conocimiento, así tampoco son los placeres
de los sentidos verdaderos placeres. «El bien y la verdad son idénticos para todos los
hombres, pero lo agradable es para unos distinto que para otros.»9 Tenemos que
esforzarnos para conseguir el bienestar (εὐεστώ) o la dicha (εὐθυμίη), que es un
estado de ánimo, y el alcanzarlos requiere un sopesar las cosas, un juzgar y discernir
entre los varios placeres. Debemos guiamos por el principio de la «simetría» o de la
«armonía». Ateniéndonos a este principio, lograremos el equilibrio corporal —la
salud— y la tranquilidad del alma —la felicidad—. Esta calma, este sosiego del buen
humor, se encontrará principalmente en los bienes del alma. «Quien escoge los bienes
del alma, escoge lo más divino; quien escoge los bienes del cuerpo (σκῆνος), escoge lo
humano.»10
3. Al parecer, Demócrito ejerció cierta influencia sobre los escritores posteriores con
su teoría de la evolución de la cultura11. La civilización tuvo su origen en la necesidad
(χρέια) y en la búsqueda de lo útil y ventajoso (σύμφερον); las artes nacieron de la
imitación de la naturaleza: de la araña aprendió el hombre a tejer, de la golondrina a
construir casas, de los pájaros a cantar, etcétera. Demócrito recalcó también (a
diferencia de Epicuro) la importancia del Estado y de la vida política, declarando que
los hombres deben considerar los asuntos del Estado más importantes que
cualesquiera otros y han de mirar por que se gestionen bien. Pero no parece que
Demócrito se planteara el problema de que sus ideas éticas presuponían la libertad,
mientras que su atomismo implicaba el determinismo.
4. Por lo que antecede, se ve con claridad que Demócrito, continuador de las
especulaciones cosmológicas de los primeros filósofos (en su atomismo filosófico fue
sucesor de Leucipo), apenas era un hombre de su época, es decir, del período socrático.
No obstante, sus teorías acerca de la percepción y de la conducta tienen el mayor
interés, por cuanto patentizan que Demócrito caía siquiera en la cuenta de que había
que responder de algún modo a las dificultades puestas por Protágoras. Pero, aunque
comprendió la necesidad de dar alguna respuesta, él personalmente fue incapaz de
aportar una solución satisfactoria. Para hallar una tentativa incomparablemente más
adecuada de resolver los problemas epistemológicos y éticos, tenemos que volver los
ojos hacia Platón.











