La iconografía ática

La iconografía ática
En lo que a la iconografía se refiere, la sintonía entre feminidad y atuendo se revela tanto más íntima cuanto que la desnudez masculina está muy presente. Un ejemplo puntual de que la contraposición a la que me refiero trasciende ampliamente la época arcaica, es la Figura II, una crátera del siglo V a.C. que muestra a los gemelos Ártemis y Apolo —divinos hijos de Zeus y Leto— actuando en su común función de arqueros vengadores. En esta imagen, la larga túnica de la diosa y su pelo recogido por un tocado de tela contrasta con la desnudez de su alter-ego masculino, quien prescinde de ropa, portando en el brazo la clámide, es decir, la capa con la que los ciudadanos-guerreros recubren ocasionalmente sus cuerpos desnudos en gimnasios y estadios.

Desde una perspectiva actual, podríamos interpretar este tipo de imágenes como una contraposición entre el aspecto artificioso de la mujer y la desenfadada naturalidad del varón. Sin embargo, el desnudo masculino griego no puede interpretarse como una exhibición del cuerpo en su estado “natural”: el ser intrínsecamente “político”, en el sentido de urbanita, que es el hombre griego se resiste a presentar el desnudo como expresión de la “naturaleza” del cuerpo humano.
En una civilización que definió el ideal de hombría como combinación de bondad y de belleza física , el cuerpo del hombre, modelado en los gimnasios que frecuenta desde su adolescencia, da cuenta, ante todo, de sus cualidades cívicas, es decir de la disciplina, al tiempo física y mental, que lo predisponen para la defensa de la patria y para el buen gobierno de los asuntos comunitarios. En otras palabras, en la tradición artística griega, la dimensión eminentemente “cultural” del desnudo masculino equivale a la de la mujer artificiosamente ataviada . Ahora bien, esta “coincidencia” entre los sexos que se detecta atendiendo, precisamente, a la radical diferencia que caracteriza sus respectivos cánones artísticos, exige ciertas matizaciones, porque no está exenta de ambigüedad.
En efecto, dicha equivalencia no nos permite detectar la expresión de una plena igualdad entre la mujer y el hombre griegos. En su aspecto positivo, el ropaje femenino, traduce el honor que, en forma de púdica dignidad, debe caracterizar a las doncellas y esposas. De hecho, atendiendo a Heródoto, se diría que dicha dignidad reside, no tanto en el cuerpo, como en la propia indumentaria inherente a esa feminidad que Pandora encarna de una vez por todas, pues el historiador afirma literalmente:

Cuando una mujer se despoja de su túnica, con ella se despoja también del pudor (aidós) .

Al igual que en nuestros días, en la antigua Atenas el cuerpo femenino convenientemente cubierto es símbolo de honestidad. Ahora bien, en aquel contexto histórico en el que por civilización se entendía la sencillez y la claridad en aspecto y comportamiento , el ser encubierto también podía aparecer como símbolo de barbarie. En este sentido, la imaginería griega vuelve a sorprendernos con su tendencia a representar al bárbaro extremadamente arropado frente a la franca desnudez del varón griego ideal.