LA REPÚBLICA
1. El Estado existe para servir a las necesidades de los hombres. Los hombres no son
independientes unos de otros, sino que necesitan la ayuda y la cooperación de los
demás en la producción de todo lo que hace falta para la vida. De ahí que se reúnan y
asocien en un mismo lugar, «y dan a esta morada común el nombre de Ciudad»4. El fin
originario de la ciudad es, pues, un fin económico, y de él se sigue el principio de la
división y especialización del trabajo. Los talentos y dotes naturales difieren con las
gentes, que los tienen para servir de diversos modos a la comunidad: la obra de un
hombre será superior en calidad y también en cantidad si ese hombre trabaja en una
sola ocupación y ésta es la más apropiada a sus dones naturales. El labrador no se
fabricará su arado ni su azada, sino que todos sus aperos los harán otros para él:
quienes estén especializados en la producción de tales instrumentos. Así, la existencia
del Estado, que de momento se considera desde el punto de vista económico, requerirá
que haya granjeros, tejedores, zapateros, carpinteros, herreros, pastores, mercaderes,
tenderos, obreros asalariados, etc. Pero estas gentes llevarán una vida muy ruda. Si
ha de haber una ciudad «lujosa», hace falta algo más: aparecerán los músicos, los
poetas, los preceptores, los enfermeros, los barberos, los cocineros, los pasteleros, etc.
Y, con el aumento de la población, consecuencia del creciente lujo de la ciudad, el
territorio será ya insuficiente para las necesidades de la misma y tendrán que ser
anexionados algunos territorios de la ciudad vecina. De este modo, Platón halla el
origen de la guerra en una causa económica. (Ni que decir tiene que las observaciones
de Platón no han de entenderse como una justificación de la guerra agresiva; acerca
de esto véanse los párrafos que a la guerra dedica en las Leyes.)
2. Mas, si la guerra ha de continuarse, entonces, según el principio de la división y
especialización del trabajo, deberá haber una clase especial de guardianes del Estado,
cuyo cometido sea exclusivamente dirigir la guerra. Estos guardianes tendrán que ser
valerosos, dotados del elemento θυμοειδές; pero deberán ser también filósofos, en el
sentido de que habrán de saber quiénes son los verdaderos enemigos del Estado. Y si
el ejercicio de sus funciones de guardianes ha de basarse en el conocimiento, entonces
deberán someterse a algún proceso educativo. Empezará éste con la música e incluirá
las narraciones legendarias. Pero—advierte Platón— no se permitirá sino con mucho
tiento que los niños del Estado reciban en sus espíritus, precisamente a esa edad, que
es la más impresionable, opiniones contrarias a las que deberán tener cuando hayan
llegado a hacerse hombres5. Por lo tanto, las leyendas que a propósito de los dioses
relatan Hesíodo y Homero, no se les enseñarán a los niños, ni serán siquiera
admitidas en el Estado, puesto que pintan a los dioses como entregados a groseras
inmoralidades, adoptando varias formas y disfraces, etcétera. Es asimismo intolerable
y no se debe admitir la afirmación de que los dioses tenían por cosa corriente violar
los juramentos y pactos. A Dios se le debe representar no como autor de todas las
cosas, de las buenas y de las malas, sino sólo de las que son buenas6.
Nótese que, aunque Sócrates comienza la discusión fijando el origen del Estado en la
necesidad de satisfacer los varios deseos connaturales al hombre, y aunque afirma el
origen económico del Estado, su interés pasa a centrarse en seguida sobre el problema
de la educación. El Estado no existe simplemente para cubrir las necesidades
económicas del hombre (pues éste no es, sin más, el homo æcononaicus), sino para
hacerle feliz, para que el hombre pueda desenvolverse llevando una vida recta, de
acuerdo con los principios de la justicia. De aquí la necesidad de la educación, puesto
que los miembros del Estado son seres racionales. Mas no hay educación alguna que
lo sea de veras si no es una educación para la verdad y para el bien. Quienes rigen la
vida del Estado y determinan los principios de la educación y distribuyen las tareas
dentro del Estado a sus diferentes miembros han de saber qué es lo realmente
verdadero y bueno —en otras palabras: deben ser filósofos—. Este gran afán por la
verdad es lo que le lleva a Platón a hacer la proposición —bastante curiosa para
nuestra mentalidad— de que se excluya del Estado ideal a los poetas y a los
dramaturgos. Y no es que Platón sea ciego respecto a las bellezas de Homero o de
Sófocles; al contrario, es precisamente el uso que los poetas hacen de bellas palabras e
imágenes lo que les vuelve tan peligrosos a los ojos de Platón. La belleza y los
encantos de sus palabras son, por así decirlo, el azúcar que disimula el veneno que los
incautos ingieren. El interés de Platón es primordialmente ético: por eso se opone a la
manera como hablan los poetas acerca de los dioses y como los fingen con caracteres
inmorales, etcétera. Sólo se admitirá a los poetas en el Estado ideal a condición de que
propongan ejemplos de buenas costumbres morales, y, en general, la poesía épica y la
dramática serán desterradas del Estado, mientras que la lírica se consentirá
únicamente bajo la estricta censura de las autoridades estatales. Determinadas
armonías (los modos lidio y jonio) habrán de excluirse, por afeminados y propios de
francachelas y embriagueces. (Nosotros podemos pensar que Platón exageró los
perniciosos resultados que se seguirían de la admisión de las grandes obras de la
literatura griega, pero el principio que le animaba deben aceptarlo todos los que crean
de veras en una ley moral objetiva, aun cuando disientan quizá sobre las aplicaciones
concretas de tal principio. Porque, si se admite la existencia del alma y de un código
moral absoluto, las autoridades públicas tienen el deber de impedir la ruina de la
moral entre los miembros del Estado, valiéndose para impedirla de unos medios que
no acarreen mayores males aún. Hablar de «los derechos absolutos del arte» es,
sencillamente, un contrasentido, y Platón estaba desde luego en lo cierto al no dejarse
engañar por tan absurdas consideraciones.)
Junto con la música, la gimnasia tendrá también su parte en la educación de los
jóvenes ciudadanos del Estado. El cuidado del cuerpo, tratándose de los que habrán
de ser los custodios del Estado y los atletas de la guerra, será de carácter ascético: un
«sistema sencillo y moderado», calculado no con miras a obtener pesados atletas que
«se pasen la vida durmiendo y estén expuestos a las peores enfermedades en cuanto
abandonen, por poco que sea, su régimen habitual», sino más bien unos «atletas
aguerridos, que han de ser cual perros guardianes bien despiertos y agudísimos de
vista y oído»7. (Con estas proposiciones, de que el Estado eduque física y mentalmente
a la juventud, se anticipa Platón a lo que hoy día hemos visto realizarse en gran
escala y sabemos por experiencia que puede supeditarse tanto a malos como a buenos
fines. Mas éste es el sino, en definitiva, de la mayor parte de los programas prácticos
en el terreno de la política, a saber, que así como se puede hacer uso de ellos para el
bien del Estado, o sea, para su verdadero beneficio, así también se puede abusar de
ellos, aplicándolos de un modo que en realidad únicamente perjudique al Estado.
Platón lo sabía muy bien, y la selección de los dirigentes del Estado fue para él
materia de gran desvelo.)
3. Tenemos, pues, hasta aquí, en el Estado dos grandes clases de ciudadanos: la
inferior, de los artesanos, y la superior, de los guardianes. ¿Quiénes deberán ser los
que gobiernen? Se les escogerá cuidadosamente —dice Platón— en la clase de los
guardianes. No han de ser jóvenes: deben ser los hombres mejores de su clase,
inteligentes y fuertes, solícitos del bien del Estado, amantes de él, y que procuren los
intereses públicos como idénticos a los suyos propios —en el sentido, ya se entiende,
de que persigan los verdaderos intereses del Estado, sin cuidarse de sus propias
ventajas o desventajas personales—8. Por tanto, quienes desde la infancia se hayan
distinguido en hacer siempre lo mejor para el Estado, sin haberse desviado nunca de
esta línea de conducta, serán elegidos para gobernar: serán los guardianes perfectos,
los únicos que, en realidad, merezcan el título de «guardianes». Los demás, que hasta
aquí han sido denominados guardianes, llevarán en adelante el de «auxiliares»,
consistiendo su tarea en apoyar las decisiones de los gobernantes9. (De la educación
de éstos trataré en breve.)
Por consiguiente, el Estado ideal constará de tres grandes clases de ciudadanos (con
lo que se excluye a los esclavos, de los que se hablará después): en el fondo, los
artesanos; sobre éstos los «auxiliares» o clase militar; y, por cima de todos, los
«guardianes» o el guardián. Empero, aunque los auxiliares ocupen una posición más
honrosa que los artesanos, no deben comportarse como bestias salvajes que hagan
presa en los que están por debajo de ellos, sino que, aun cuando son más fuertes que
sus conciudadanos, serán también sus aliados y amigos, y así, es necesarísimo
asegurarles una educación y un género de vida adecuados: tendrán un hogar común y
vivirán todos juntos, como los soldados en un campamento; oro y plata ni los
manejarán ni los tocarán siquiera. «Y esto será su salvación y la del Estado.»10 Pues si
empiezan alguna vez a amasar dineros, se transformarán muy pronto en tiranos.
4. Recuérdese que Platón se proponía, al comienzo del diálogo, determinar la
naturaleza de la justicia, y que habiendo hallado difícil la tarea, sugirió que podría
comprenderse mejor lo que es la justicia examinándola tal como existe en el Estado.
Llegada la discusión a este punto, una vez se han delineado las distintas clases de
ciudadanos de que el Estado consta, es ya posible considerar la justicia en el Estado.
La sabiduría del Estado reside en la reducida clase de los gobernantes o guardianes;
el coraje o la valentía del Estado, en los auxiliares; el temple o la templanza del
Estado consiste en la conveniente subordinación de los gobernados a los gobernantes;
la justicia del Estado, en que cada ciudadano se ocupe de la tarea que le corresponde,
sin interferirse en la de los demás. Así como el individuo es justo cuando todos los
elementos de su alma funcionan en la debida armonía y con la subordinación propia
de lo inferior a lo superior, así también el Estado es justo y conforme a derecho
cuando todas las clases y los individuos que las componen cumplen debidamente sus
cometidos. Por otro lado, la injusticia política consiste en el espíritu de la ingerencia y
la perturbación, que mueve a una clase a entrometerse en las tareas de otra.11
5. En el libro 5 de la República expone Platón el famoso programa de la «comunidad»
de mujeres e hijos. A las hembras se las ha de educar como a los varones: en el Estado
ideal no se contentarán con estarse en casa y ocuparse del niño, sino que serán
instruidas en la música, la gimnasia y la disciplina militar, exactamente igual que los
hombres. La razón de esto es que los hombres y las mujeres sólo se diferencian por las
distintas funciones que desempeñan en punto a la propagación de la especie. Cierto
que la mujer es más débil que el hombre, pero, por lo demás, en ambos sexos se
encuentran análogos dones naturales, y, por lo que concierne a su naturaleza, la
mujer puede ser admitida a todas las carreras que le están abiertas al hombre,
inclusive a la del guerrear. Se seleccionará a las mujeres debidamente calificadas
para que compartan la vida y las ocupaciones oficiales de los guardianes del Estado.
Basándose en principios eugénicos, piensa Platón que las relaciones conyugales de los
ciudadanos, sobre todo las de los pertenecientes a las clases más altas, deben ser
controladas por el Estado. Así, las uniones entre los guardianes o entre los auxiliares
deberán estar bajo el control de los magistrados, a fin de que pueda relevarse a
aquéllos eficientemente de sus obligaciones oficiales y también para obtener la mejor
prole posible, prole a la que se criará en una casa de maternidad del Estado. Mas
adviértase que Platón no propone en modo alguno la total comunidad de mujeres en el
sentido del promiscuo «amor libre».
La clase de los artesanos conserva la propiedad privada y la familia: sólo en las dos
clases superiores deben suprimirse ambas cosas, y ello por él bien del Estado. En
cuanto a los matrimonios de los guardianes y de los auxiliares, han de combinarse
muy estrictamente: se unirán a las mujeres que les sean prescritas por los
magistrados competentes, y tendrán relaciones sexuales con ellas y engendrarán hijos
en épocas determinadas de antemano, y no fuera de esos tiempos. Si tuvieren
relaciones con mujeres fuera de los límites prescritos y de esas relaciones nacieran
hijos, se insinúa, por lo menos, que tales criaturas habrán de ser eliminadas12. Los
vástagos de las clases superiores que sean incapaces de llevar la vida de esas clases,
pero que hayan nacido «legítimamente», serán relegados a la clase de los artesanos.
(Las propuestas de Platón en esta materia son aborrecibles para todo auténtico
cristiano. Sus intenciones eran, desde luego, excelentes, ya que deseaba mejorar lo
más posible la raza humana; pero sus buenos deseos le llevaron a concebir unas
medidas que son forzosamente inaceptables y repugnan a cuantos se atengan a los
principios cristianos en lo tocante al valor de la persona y a la santidad de la vida
humana. Por lo demás, no se sigue de ningún modo que lo que dé buenos resultados al
aplicarse a la recría de animales, los tenga que dar igualmente si se aplica a la raza
humana, pues el hombre tiene un alma racional que no depende intrínsecamente de
la materia sino que es creación directa de Dios Todopoderoso. ¿Acompaña siempre
acaso un alma bella a un hermoso cuerpo o un buen carácter a un cuerpo fornido?
Además, aunque tales medidas diesen resultado —y ¿qué significa aquí «dar
resultado»?— tratándose de la raza humana, no por ello tendría derecho el Gobierno a
aplicarlas. Quienes hoy día siguen o desearían seguir en esto los pasos de Platón,
recomendando, por ejemplo, la esterilización obligatoria de los deficientes o tarados,
no tienen, piénsese bien, la excusa, que Platón tenía, de vivir en una época anterior a
la aparición de los principios e ideales cristianos.)
6. Respondiendo a la objeción de que ninguna ciudad puede organizarse, en la
práctica, según los planes que acaba de proponer, «Sócrates» replica que no es de
esperar que un ideal haya de realizarse, de hecho, a la perfección. Sin embargo,
pregunta cuál es el cambio más pequeño que capacitaría a un Estado para adoptar la
forma de Constitución propuesta, y menciona uno —ni pequeño ni fácil—, a saber:
confiar el poder al filósofo-rey. El principio en que se basa el gobierno democrático es,
según Platón, absurdo: el dirigente debe gobernar en virtud de su conocimiento, y este
conocimiento debe ser el de la verdad. El hombre que posee el conocimiento de la
verdad es el filósofo genuino. Platón ilustra este punto mediante el símil del barco,
con su capitán y su tripulación13. Se nos pide que imaginemos un barco «cuyo capitán
es más alto y más fuerte que todo el resto de la tripulación, pero es también
ligeramente sordo y corto de vista, y su conocimiento del arte de navegar no mucho
mejor que su vista y su oído». Los tripulantes se amotinan, se apoderan del navío y
«bebiendo y dándose a la juerga continúan su viaje, con el resultado que podría
esperarse de ellos». ¡No tienen ni idea del arte de pilotar ni de lo que debe ser un
auténtico piloto! Así, la objeción que pone Platón a las democracias del tipo de la
ateniense es la de que en ellas los políticos no tienen ni idea de lo que se traen entre
manos, y cuando al pueblo le viene en gana se desembaraza de los políticos que están
en funciones y se comporta como si para conducir bien el navío del Estado no hiciesen
falta conocimientos especiales. Esta manera insensata, ignorante y «a lo que venga»
de llevar los asuntos del Estado, propone Platón que sea sustituida por el gobierno del
filósofo-rey, es decir, del hombre que sepa en realidad cuál es la ruta que debe seguir
el navío del Estado y pueda ayudarle a superar las tempestades y las dificultades de
todo género que vaya encontrando durante el viaje. El filósofo será el fruto más
exquisito de la educación dada por el Estado: a él y sólo a él compete trazar, por así
decirlo, el diseño concreto del Estado ideal y dirigir su realización, porque él frecuenta
el mundo de las Formas y puede tomarlas por modelo para formar el Estado real14.
Los escogidos como candidatos o posibles gobernantes serán instruidos, no sólo en
armonía musical y en gimnástica, sino también en matemáticas y en astronomía.
Pero la instrucción matemática no se les dará simplemente con miras a capacitarles
para hacer los cálculos que todos han de aprender a hacer, sino sobre todo con vistas a
capacitarles para la aprehensión de los objetos inteligibles, o sea, no «en el espíritu
propio de los mercaderes y los comerciantes, con miras a comprar y vender», ni
tampoco solamente para los usos militares, sino, más que nada, a fin de que puedan
remontarse «del devenir a la verdad y al ser»15, para que puedan ser guiados hacia la
verdad y adquieran el espíritu de la filosofía16. Mas toda esta instrucción será
meramente un preludio introductorio en la dialéctica, por la cual el hombre parte al
descubrimiento del Ser absoluto mediante la luz de la sola razón y sin ninguna
asistencia de los sentidos, hasta que «llega al fin a contemplar el Bien absoluto en
visión intelectual y alcanza allí el límite supremo del mundo inteligible»17. Habrá
ascendido, pues, todos los escalones de la «Línea». Por lo tanto, los escogidos para
dirigir el Estado, o, más bien, los seleccionados como candidatos a la posición de
guardianes, aquellos que son «sanos de cuerpo y de espíritu» y dotados de valor,
pasarán gradualmente por este curso educativo, y los que al llegar a la edad de
treinta años hayan dado pruebas satisfactorias de sí serán destinados a recibir la
instrucción especial de la dialéctica. Transcurridos cinco años de tal estudio, «se les
enviará al interior de la caverna y se les confiará algún cargo militar o de los otros
que los jóvenes pueden desempeñar», con el fin de que vayan adquiriendo la necesaria
experiencia de la vida y den pruebas de si, cuando les asalten diversas tentaciones,
«se mantendrán firmes o flaquearán»18. Esta probación durará quince años, y,
después de ella, los que se hayan distinguido superándola (que tendrán ya cincuenta
años) habrán llegado a la época «en la que deben levantar los ojos del alma hacia la
luz universal, que ilumina todas las cosas, y contemplar el Bien absoluto, porque éste
es el modelo al que han de atenerse en la ordenación del Estado y de las vidas de los
individuos, así como en la ordenación del resto de sus propias vidas, haciendo de la
filosofía su ocupación principal; pero cuando les llega su turno manejan también la
política y gobiernan para el bien público, no como si hiciesen una gran cosa, sino por
necesidad; y una vez hayan educado a otros semejantes a ellos y les hayan cedido el
puesto para que gobiernen el Estado, partirán hacia las Islas de los Bienaventurados
y morarán allí, y la Ciudad les dedicará monumentos públicos y les rendirá honores y
sacrificios, si el oráculo pitio lo consiente, como a semidioses, y, en todo caso, como a
hombres divinos y benditos»19.
7. En los libros 8 y 9 de la República expone Platón una especie de filosofía de la
historia. El Estado perfecto es el Estado aristocrático; pero, cuando las dos clases
superiores se conchaban para repartirse la propiedad de los restantes ciudadanos y
reducir a éstos prácticamente a la esclavitud, la aristocracia se convierte en
timocracia, sistema que representa el predominio del elemento brioso o vehemente.
En seguida aumenta el afán de allegar riquezas, hasta que la timocracia se
transforma en oligarquía y el poder político viene a depender de la riqueza de los
propietarios. Va aumentando así, y se va empobreciendo cada vez más, la clase de los
ciudadanos sojuzgados por los oligarcas, hasta que, finalmente, los pobres expulsan a
los ricos y establecen la democracia. Pero el desmedido amor a la libertad, que es
característico de la democracia, conduce, por reacción, a la tiranía. Al principio, el
cabecilla popular obtiene, con especiosos pretextos, que se le permita ir rodeado de
guardaespaldas; después, dejándose ya de disimulos, da un golpe de Estado y se
convierte en tirano. Lo mismo que el filósofo, en quien reina la razón, es el más feliz
de los hombres, así también el Estado aristocrático es el mejor y el más feliz de los
Estados; y lo mismo que el déspota tiránico, esclavo de la ambición y de las pasiones,
es el peor y el más desgraciado de los hombres, así el Estado gobernado por el tirano
es el peor y el más desdichado de los Estados.
LA REPÚBLICA
Published on Abril 16, 2008
in Salud Grecia.
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